Llevo doce años maquillando.
He maquillado para campañas, editoriales y portadas. He trabajado con modelos a las cinco de la mañana, con actrices entre toma y toma, con clientas VIP en cabinas de cosmética de lujo.
Y en algún momento, hace ya unos años, dejé de empezar por el maquillaje.
Empecé por las manos. Quince minutos de masaje facial antes de tocar un solo producto. Porque me di cuenta de algo que cambia las cosas: un rostro preparado no es solo piel hidratada. Es un rostro sin tensión.
Una modelo a las seis de la mañana llega con la cara como llegamos todas. Con los hombros pegados a las orejas, con la mandíbula apretada, con la mirada todavía en el atasco que se acaba de comer. A los quince minutos de manos, esa cara es otra. Y entonces sí, maquillo.
La cara descansada, la mirada despierta, la mandíbula floja, la piel que parece que ha dormido. Esa cara que ves en una foto editorial y piensas: claro, es modelo.
No es por la modelo. Es por lo que pasa antes del maquillaje.
Y se hace en quince minutos. En tu cama. Sin producto, sin herramientas. Solo tus manos.